La Red Asocial (parte 1)

En una cena en el Asador del Minotauro allá por 2006, Julián Cardamomo escuchó a alguien de la mesa contigua afirmar que Tino Casal era un mito musical por haber creado Eloise. Celoso por proteger la autoría de las obras, e impulsado por el picorcito de meterse en conversaciones ajenas, Julián se giró para puntualizar que el tema no era original del artista asturiano, sino que se trataba de una versión de una canción de finales de los sesenta. La impertinencia de Julián enojó al increpado, quien gritó que le comiera el elemento colgante de su entrepierna, no incluido en la carta del restaurante. Julián respondió estampándole una pierna de cordero en la cara. El incidente provocó una batalla campal donde mollejas, chuletillas y otras cosas del comer llovieron en un combate que terminaría con ambos en comisaría. Aquel incidente supondría el primer aviso del entorno de Julián, el cual daba síntomas de hartazgo ante sus reiteradas idas de olla. Strike uno.

El segundo strike se lo ganó tres años después en una noche de colegas con su inseparable amigo Tobías Soler empapada en vino, pacharán y White Label con Red Bull. A la una de la mañana los chavales iban como motos. Los temas de conversación brotaban incesablemente en modo random. Llegó el turno para la música, afición compartida por ambos en la que Julián solía extender su plumaje de melómano. Mala idea decirle a un fan incondicional de Freddie Mercury como Tobías, que la versión de George Michael del Somebody to Love «le da mil vueltas a la original». Tobías, hombre de mecha corta e igual de pasional (y borracho) que su amigo, hizo ademán de abalanzarse sobre él confiando en una fuerza física inexistente. Ambos tuvieron que ser separados cuando comenzaron a gritarse chocando nariz con nariz, al más puro estilo Wrestling. Empujones, dedos índices amenazantes, “tú a mí no me tocas” y “sujétame, que le meto” fluyeron en un batiburrillo de emociones frenado en seco por una hiriente frase de Julián extraída de las confidencias que ambos compartían. Aquella fue la última vez que Tobías le dirigiría la palabra.

Con la crisis de los cuarenta a la vuelta de la esquina y dos strikes a sus espaldas, la careta bajo la que se escondía Julián comenzaba a agrietarse. Esa costumbre por corregir e imponer criterios al prójimo soplaba viento a favor hacia a su deriva social. Antes de mandarle al carajo, Tobías le dijo que su afán por querer ser el centro de atención y estar por encima de los demás le sumiría en la soledad más absoluta.

Eludiendo el incómodo panorama, Julián y su ego encontraron cobijo en esa charca llamada Twitter, donde conviven cinco especies: los que toman el sol tranquilamente, los que charlan respetuosamente, los que hablan con los nenúfares esperando respuesta, los que hacen aguadillas y los que se masturban tras los matorrales observando el ecosistema. Los de las aguadillas, más conocidos como trols, comparten el mismo objetivo: necesitan hundir a los demás para reforzar su autoestima. Ajeno a su condición trolesca, Julián incrementaba su número de followers en la charca al mismo ritmo con el que perdía amistades fuera de ella. Cuando alguien le reprochaba su actitud en Twitter su respuesta era recurrente: “Twitter no es la realidad”

La problemática de Julián era anterior a su entrada en Matrix. La soberbia y vehemencia con la que trataba a los demás eclipsaron sus virtudes convirtiéndolo en un personajillo gris. Adela Capri, su expareja, luchó contra el trol que había poseído al simpático y cariñoso hombre del que se había enamorado años atrás. Exhausta y abatida le terminó dejando. La noche de la ruptura Julián tuiteó el Sorry Seems To Me The Hardest Word de Joe Cocker, por el que obtuvo retuits  y cero favs.

Empujado por el ultimátum que exigía un cambio de actitud vital, el proyecto #SaveJulián reflotaba una de las preguntas que le atormentaba desde hacía años: ¿puede cambiar una persona?. Los primeros brotes verdes a la resolución del conflicto surgieron por la inercia que otorga el caminar por la treintena, en donde uno pasa de eludir respuestas a asumir evidencias. Fue entonces cuando Julián cayó en la cuenta de que era un capullo. Esa revelación sería el punto de partida del proyecto

Dejando la mochila de la arrogancia en casa, Julián se plantó en la consulta del psicólogo. Era su primera vez. Abrirse a los demás era un asunto complicado, utópico con desconocidos, pero el avión descendía en caída libre y el ateo necesitaba creer. La movida de Julián precisaba la intervención urgente de un profesional. Fue el momento de regurgitar sus mierdas más profundas y escupirlas buscando un cambio de rumbo. Tras diez intensas sesiones escarbando en su interior, la economía de Julián no pudo financiar lo que se presumía sería una terapia de varios meses. Lejos de llegar al karma, la terapia le reportó útiles respuestas en forma de patrones de conducta, algunos de los cuales aplicaba desde sus inicios en el running: “a mayor esfuerzo, mayor progreso” y “la consecución de pequeños retos conducen al objetivo final”; mensajes de primero de coaching de eficacia probada en primera persona. En año y medio había logrado pasar del sofá a terminar una media maratón luchando contra la apatía y el miedo del tocapelotas que llevaba en su interior. Julián se agarró a aquella experiencia como a un clavo ardiendo, interrumpió la terapia con el psicólogo y emprendió la carrera de fondo más importante de su vida.

Parte 2

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